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Jueves, 10 de Mayo 2012


Menos sal, más salud


La sal, además potenciar el sabor de los alimentos, es indispensable para el organismo, porque el sodio que contiene ayuda en el proceso de digestión, regula los fluidos corporales y la presión sanguínea y mantiene el equilibrio de los ácidos del cuerpo. Pero si se consume en exceso, puede resultar muy perjudicial para la salud, ya que produce hipertensión arterial, enfermedades cardiovasculares, favorece la retención de líquidos... De hecho, la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda una ingesta máxima diaria de 5 gramos de sal para adultos; sin embargo, el consumo en España es de casi del doble. Por tanto, para que nuestra dieta sea sana y equilibrada debemos controlar la ingesta de sal.


Menos sal, más salud
La sal o cloruro sódico (ClNa) está compuesta, aproximadamente, de un 40% de sodio y un 60% de cloro. Por tanto, la sal es la mayor fuente de sodio de nuestra dieta, aunque también lo ingerimos en las comidas, a través de aditivos, saborizantes o conservantes. Ahora bien, el sabor salado lo aporta el cloro.

Aunque las necesidades fisiológicas cotidianas varían según la edad, sexo, peso, actividad física, estado de salud... nuestro cuerpo no necesita tomar cantidades elevadas de sal. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda a la población adulta un consumo medio de 5 gramos de sal al día, lo que equivale a una cucharadita (tamaño café) de sal yodada, porque el yodo es un elemento esencial que no puede ser sintetizado por el organismo y la única fuente disponible son alimentos como el pescado y el marisco. El problema es que, según la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN), ingerimos 9,8 gramos de sal al día, casi el doble de lo recomendado.

Problemas del consumo excesivo de sal
A pesar de ser necesaria para el correcto funcionamiento del organismo, la sal consumida en exceso es una de las principales causas de hipertensión arterial. Hace que las arterias, que transportan la sangre por el organismo, pierdan elasticidad y se vuelvan más rígidas, dificultando el trabajo del corazón y los riñones. Así, las crisis hipertensivas provocan hasta un 5% de las muertes por enfermedades cardiovasculares. Además, es la principal causa de ictus y una de las más importantes de infartos.

Por otra parte, su consumo excesivo también tiene consecuencias negativas para la circulación: dificulta la función de los riñones y predispone la formación de cálculos renales. Todo esto, además, provoca que se produzca en el cuerpo una retención de líquidos, lo cual empeora el funcionamiento de los riñones, corazón e hígado y también genera edema e hinchazón de las piernas y los tobillos.

La dieta influye mucho en el desarrollo y prevención de la hipertensión arterial y, por tanto, de las enfermedades cerebro vasculares y cardiovasculares. La retención de agua, que supone el abuso de sal, produce aumento de peso corporal y obliga a corazón, hígado y riñones a trabajar por encima de sus capacidades para eliminarla.

Menos sal, más salud
Reeduca el organismo
El gusto por la sal se adquiere en función de los hábitos alimenticios y es posible educarlo. Pero es necesario proponérselo y aprender cómo llevarlo a cabo. Existe una amplia gama de alimentos con contenido reducido de sal que pueden sustituir a las variedades que habitualmente se consumen. Si los vamos incorporando de manera gradual a nuestra dieta, se favorece el cambio a sabores menos salados sin que se aprecie gran diferencia.

Algunas recomendaciones:

• Toma con frecuencia alimentos frescos (frutas y verduras)
• No eches la sal mientras cocinas, procura añadirla a última hora antes de servir el plato.
• En la mesa, échate sal después de probar la comida, así evitarás salar en exceso.
• Sustituye la sal por especias, que también potencian el sabor de los alimentos.
• Lava las conservas vegetales y legumbres antes de consumirlas.
• En los restaurantes, pide que te preparen el alimento con menos sal. Si eliges un plato que incorpore salsa, que te la sirvan por separado.

La importancia del etiquetado
Para calcular el contenido en sal de un alimento hay que multiplicar por 2,5 los gramos de sodio que indica la etiqueta. Recuerda que mucha sal es 1,25 gramos por cada 100 gramos y poca 0,25 gramos por cada 100 gramos.

La sal que consumimos proviene de dos fuentes:
• Sal visible. Añadida durante el cocinado y condimentado de los platos (20% del consumo total de sal).
• Sal invisible. Proviene de los alimentos (80% del consumo total de sal). Dentro de ésta sal invisible, se encuentra la presente de forma natural en los alimentos, que corresponde a un 8% del consumo de sal; y la sal añadida en los alimentos precocinados (platos preparados, aperitivos, quesos, cereales...), que representa un 72% del consumo de sal en la dieta y que es posible reducir.

Por tanto, la mayoría de los alimentos frescos, como frutas y verduras, no contienen sal, aunque algunos presentan sodio de forma natural, como el marisco y ciertas vísceras (hígado y riñones). Pero la mayor parte del sodio que ingerimos se encuentra en los alimentos precocinados por la adición específica de sal o por la de aditivos que contienen sodio. Por esto, antes de hacer la compra, conviene comprobar cuánta sal contienen, dato que figura en su lista de ingredientes y en la información nutricional que aparece en su etiquetado.


Este reportaje ha sido elaborado con la colaboración de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN). En www.plancuidatemas.es hay una completa información sobre cómo prevenir el consumo excesivo de sal.

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