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Miércoles, 26 de Octubre 2016


Descubre el otoño más sereno en La Rioja



El otoño es una época especial para recorrer esta tierra porque la naturaleza se empeña en regalarnos decenas de tonalidades diferentes que consiguen atrapar, bajo el paraguas de la belleza serena, todos nuestros sentidos. La Rioja es destino imprescindible siempre, pero hoy les proponemos un recorrido diferente, sugerente y atractivo, que nos adentra en una parte importante de su cultura, de su historia y nos ofrece la posibilidad de encontrarnos de frente con rincones únicos, con su esencia. Os invitamos a conocer algunas de las muchas ermitas que jalonan sus pueblos y ciudades como vestigios claros del arte y de la fe. 

Comenzamos nuestro recorrido en pleno valle del Iregua, porque el objetivo es la ermita de San Esteban de Viguera, al pie de la Nacional-111, frente a la venta de Paula. Allí guardan las llaves y en su terraza puede apurar un café mañanero antes de emprender la caminata. Apenas iniciada la marcha, apoyados junto a un murete, una colección de bastones de diferentes tamaños y tallados en madera de haya invitan a contar con su colaboración durante el paseo, al tiempo que advierten que el sendero tiende a empinarse en alguno de sus tramos. Sendero que nos lleva diez siglos atrás y que termina en un cercado de madera que rodea la ermita. La estructura del templete revela elementos prerrománicos en una trama arquitectónica rupestre que data de los siglos IX o X, anteriores a la planta románica del siglo XII. 

En su interior, la ermita propone dos espacios abovedados. En la cabecera, puede contemplarse la figura policromada de Cristo sentado en un trono con las manos extendidas y ataviado con una casulla blanca sobre una túnica roja. A su alrededor, cuatro ángeles. Los situados en la parte inferior lucen túnica roja y alas blancas, y a la inversa, los dos ángeles que ocupan el lugar superior. Una iconografía denominada en el arte románico Exaltación de Cristo. Completan la imagen un rey sentado y coronado, portando el cetro y la espada, a la derecha, y una reina en pie con los atributos de los ancianos del Apocalipsis, a la izquierda. Los restos de pinturas policromadas permiten adivinar también diversas escenas en los muros de la nave. 

La siguiente visita que proponemos es la ermita de Santa María de la Piscina, que se levanta sobre una pequeña colina en las proximidades de San Vicente de la Sonsierra. Cuenta la leyenda que el infante don Ramiro participó en las Cruzadas siendo protagonista, junto a sus huestes, en la Conquista de Jerusalén. Al parecer, su incursión en la Ciudad Santa se produjo por la vertiente de la piscina Probática, donde aseguran que Jesucristo realizó su primer milagro sanando a un paralítico. 

De regreso, don Ramiro, desde su retiro en el monasterio de Cárdena, encargó la construcción de un templo en honor a la Virgen. Aquel apunte en el testamento del infante comenzó a erigirse en el año 1110 y concluyó en el siglo XIII. Hoy, es el edificio de estilo románico puro más completo conservado en La Rioja. Su nave interior se divide en cuatro tramos y se cubre por una bóveda de cañón y tres arcos de medio punto, a la que se añade un presbítero rectangular y un ábside. Una segunda nave surge adosada al muro norte. De la propia planta nace una de las peculiaridades arquitectónicas del templo, la torre cuadrada que acoge el campanario.

En el exterior, junto a la ermita, una necrópolis apunta la existencia de un poblado cercano que convivió con los mejores años del templo. No hay documento alguno que lo acredite, pero los restos arqueológicos, el lago destinado a la conservación del vino hallado próximo a los enterramientos, y las atalayas dispersadas por el entorno parecen confirmar la presencia de una comunidad que habitaba en la zona.

Dejando atrás la explanada de la ermita, y entre los viñedos, el viajero se topará con un conjunto de grandes monolitos: el dolmen de la Cascaja, en una parcela sin cultivar, ya que el hombre que lo descubrió, y por temor a que lo destruyeran, compró la tierra que lo rodea para preservarlo. En su interior, se localizaron 47 cadáveres, diferentes vasijas y una punta de flecha. A 600 metros en la misma dirección, se encuentran los lagares y la prensa rupestre de Zabala. Vestigios que explican una región que ha evolucionado en torno al cultivo de la vid y la elaboración del vino.

Antes de abandonar la comarca de la Sonsierra, hay que visitar la ermita de San Martín de la Nava que, a pie de carretera, se asienta sobre un promontorio escoltado por dos escalinatas laterales de piedra que acceden a la explanada de los frailes. El edificio pertenece al románico tardío (siglos XII-XIII). Su interior, dividido en dos espacios diferenciados, recibe la iluminación de una colección de ventanucos que parecen distribuidos al libre albedrío. En los días soleados, al mirar desde la nave central hacia el exterior, los viñedos, el castillo y las murallas de San Vicente se muestran de un ocre incandescente sobre el horizonte más cercano. 

Y, por último, la basílica de San María de Arcos de Tricio, el monumento más antiguo de La Rioja, que desde su origen hasta la actualidad ha permanecido cumpliendo funciones religiosas de forma ininterrumpida. Su particularidad radica en su construcción con materiales procedentes de la antigua ciudad romana de Tritium Megallum (Tricio la Grande), que reunía bajo un mismo municipio el actual pueblo y otras localidades cercanas. Cuentan los vecinos de Tricio que la Virgen debe su nombre a los arcos que recorren las tres naves del templo. En la cabecera de la iglesia, se conservan restos de las pinturas que decoraban la ermita. Imágenes románicas de finales del siglo XII que fueron repintadas sobre las originales paleocristianas del siglo V. 

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