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Jueves, 11 de Noviembre 2010


Cuando tú eres el problema



Cuando tú eres el problema
Sucede con frecuencia que no cesamos de lamentarnos porque las cosas nos van mal, parece que la vida nos da la espalda y hasta las personas más cercanas y familiares se apartan de nosotros.

Otras veces nos quejamos de que tenemos una mala racha y no nos acompaña la suerte y centramos nuestra atención en contemplar cómo a los demás la vida les sonríe y parece que disfrutan de todo.

En casos así, en lugar de serenarnos y reflexionar y analizar fríamente para descubrir si estamos siendo nosotros mismos la primera y principal causa de nuestros males, lo que hacemos es sumirnos en el lamento y la queja, culpamos a la vida y a quienes tenemos cerca de ser los causantes de nuestras desgracias y, como es lógico, nuestra mala racha continúa y se hace crónica porque la causa de cuanto nos sucede somos nosotros mismos. Con nuestra forma de proceder, de pensar, de reaccionar, de comportarnos, atraemos sobre nosotros la mayor parte de los males que nos afligen.

¿Por qué no somos capaces de ver que somos nosotros y solamente nosotros los causantes de nuestros males? Porque nos falta la principal de las virtudes, que es la humildad, única virtud capaz de enfrentarnos con nosotros mismos y llevarnos a descubrir la verdad por dura que nos pueda parecer.

En mi último libro, Sabiduría esencial, analizo los 14 principios que nos ayudan a transformar nuestra vida, mejorarla y hacer posible un mayor crecimiento personal, pero todos esos principios sólo tienen efectividad si tienen conexión directa con el principio "cero", que es universal y la causa de todo: "Nuestros actos tienen consecuencias" y lo que "hacemos nos hace".

Un lector de este libro que asistía hace unos días a una de mis conferencias me decía: "Toda mi vida he estado amargado culpando al mundo, a la vida y a mis seres queridos de mis males y usted me ha enseñado a descubrir que es cada persona con su forma de ser y de reaccionar quien pude convertirse en su cielo, infierno o purgatorio. Ahora, mando en mí, sé que soy quien me puedo hacer feliz o desgraciado y dejo de echarle la culpa a nadie".

Hoy he querido ofrecerte, amable lector, esta reflexión o gota de sabiduría, que también me hago cada día a mí mismo: "¿No seré yo la principal causa de mis problemas y por eso no les doy solución, porque culpo de todo a los demás y a la vida". Demos ese paso fundamental en la sabiduría esencial para vivir hoy en plenitud.


Bernabé Tierno
Psicólogo y escrito

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