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Martes, 19 de Abril 2011


¡Quiérete! ¡Valórate! ¡Perdónate!



¡Quiérete! ¡Valórate! ¡Perdónate!
Es natural que seamos exigentes con nosotros mismos, que admitamos nuestros errores, fallos, miserias humanas, debilidades, pero jamás debemos olvidar que quien no se tiene a sí mismo, quien no se quiere, estima, valora y perdona, no está preparado para vivir.Por extraño que parezca, hay personas tan negativas e implacables consigo mismas que no cesan de flagelarse con sus propias palabras autodestructivas, sus pensamientos derrotistas y sus sentimientos enfermizos y paralizantes que les instalan en una actitud tóxica demoledora, en la que se instalan de por vida.

Es hora de que tengamos bien claro que por encima de todas las habilidades, cualidades, virtudes y valores de una persona, por encima de todo, está la obligación de ser nuestros propios mejores amigos.

Me he encontrado a lo largo de mi vida profesional con personas a las que me ha sido imposible arrancarles unas palabras de optimismo, reconocimiento de sus cualidades y de autovaloración y autoestima. Siempre he intentado convencerlas de que se debían a sí mismas no solamente un respeto, sino un gran afecto y consideración, porque si bien es humano consolar a los demás y valorar sus méritos y cualidades, con mayor motivo cualquier persona, sea cual sea su edad y condición, se debe reconocimiento, comprensión y amor a sí misma.

La comprensión es un valor humano clave que sirve de soporte y razón a otros valores que hacen referencia a conductas de fraternidad y se traducen en disposición y voluntad expresa de acercamiento para la resolución de conflictos y de problemas interpersonales.

Esa misma comprensión que debemos a los demás nos la debemos antes a nosotros mismos, porque cualquiera, sea creyente o no, recordará la fuerza y sabiduría del universal precepto evangélico: "Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo". Queda claro que el amor a nosotros mismos es prioritario inmediatamente después del amor a Dios. Entendido así, podría decirse que el amor a nosotros mismos, el perdón, la autovaloración es imprescindible. Sería algo parecido a un "pecado" no quererte, no valorarte, no perdonarte y no ser tu propio mejor amigo.

Podríamos tener debilidades, pero jamás la debilidad de menospreciarnos, de no perdonarnos y de destrozarnos la vida, instalándonos en un pesimismo recalcitrante y autodestructivo. Bien dijo Michel de Montaigne que "de todas nuestras debilidades, la más salvaje es la de despreciar nuestro ser.

Haz lo que quieras, pero no dejes de amarte y valorarte a ti mismo.

Nota



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