Lunes, 6 de Febrero 2012

La buena disciplina



La buena disciplina
Si tus objetivos para hoy eran: visitar a tres clientes, hacer diez llamadas de teléfono y una caja de 400 euros, y no has cumplido ninguno de ellos, no se ha hundido el mundo. Pero si piensas que no te ha ocurrido nada grave y te habitúas a obrar así, tú eres el mayor problema para ti mismo, porque sin disciplina no se llega a ninguna parte. Para conseguir, no sólo tienes que cumplir los objetivos que te has marcado, sino superarlos.

Una buena disciplina se identifica plenamente con la responsabilidad activa y dinámica: qué queremos conseguir, qué medios emplear, qué cambiar, nuevas rutas a tomar y los esfuerzos para lograr nuestro propósito.

Muchos piensan que ser disciplinado es algo circunstancial y poco natural, pero se equivocan. La disciplina, como nos demuestra la tozuda realidad, forma parte esencial de la (misma) naturaleza, en la que todo es permanente actividad y esfuerzo.

Un sencillo árbol, para hacerse adulto y crecer hasta lograr su altura ideal, no cesa de luchar contra la gravedad, sigue un crecimiento vertical hacia la luz y extiende sus raíces por todas partes buscando humedad. Obra de forma natural y su esfuerzo no es consciente, porque no tiene cerebro. Pero nosotros tenemos la inmensa suerte de elegir y tomar nuestras propias decisiones hasta alcanzar las más altas cotas que podamos, y disfrutar y ser felices haciéndolo.

Es la buena disciplina, quien crea una potente imantación positiva y nos atrae las mejores oportunidades, que siempre sabe aprovechar todo aquel que no cesa de capacitarse y ha desarrollado de forma integral todas sus facultades, movido por una poderosa y sana ambición y un compromiso personal unido a una voluntad tenaz.

En la buena disciplina, siempre se dan cita: la inteligencia práctica, el entusiasmo apasionado, el tiempo necesario, la paciencia y el esfuerzo y la inteligencia emocional que activa las buenas formas, el control de la situación, la resiliencia, las habilidades sociales y el disfrute en la acción, sin olvidarnos de la más inquebrantable fe en uno mismo y en las propias capacidades y habilidades.

El éxito no es cuestión de un día de disciplina, sino de convertir la disciplina en algo normal y habitual. La buena disciplina es la llave maestra que todo lo puede. Abre las puertas de la seguridad, la cultura, la riqueza, la autoestima, la perfección, la felicidad, la realización personal y de la alegría de vivir y de sentirse satisfecho con uno mismo.

La disciplina auténtica es “la perfecta cooperación de todas las aptitudes y actitudes del hombre, impulsadas por un entusiasmo mantenido a lo largo de toda la existencia”.

Nota
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